El camino labrado con alianzas fuera del PAN, avalando con su firma de legislador las reformas enviadas por Peña Nieto y haciendo negocios ilegales para financiar su campaña presidencial, sufrió un socavón al final de la campaña por el cual se fueron sus ilusiones, sus deseos, sus sueños de ser el segundo presidente más joven de México, luego de Carlos Salinas de Gortari.

Sofista, al joven miembro del PAN la mentira constante con la que acusaba y, al mismo tiempo, se defendía, no le fue suficiente para mantener su proyecto político. Sus antiguos aliados del PRI supieron atacar su lado débil, su gusto por el dinero y su ambición de poder.

Juntas, ambas cosas llevaron a Anaya a aspirar ser el presidente de México para seguir con sus negocios particulares como lo hizo uno de sus principales defensores: Diego Fernández de Cevallos.

Su habilidad en el debate tampoco le fue suficiente para ocultar sus negocios y por más que se justificó, al final las revelaciones filtradas desde el gobierno hechas por sus socios en la compra y venta de bienes inmuebles para hacer su “cochinito” y usarlo en su campaña fueron utilizadas para minar su ambicioso proyecto de gobernar el país.

Anaya vivió la noche más negra de su vida política este martes 12 en Mérida, Yucatán, cuando sus demonios salieron a relucir y no supo como disiparlos, sino al contrario, los alimentó con la ira que mostró amenazando de meter a la cárcel a sus enemigos. Un carácter explosivo que no se conocía y que es peligroso en cualquier persona que tiene intenciones de gobernar.

Por cierto… Jorge Castañeda y Diego Fernández de Cevallos, principales asesores de Anaya, no son las mejores opciones políticas para defenderlo. Las alianzas del primero con Elba Esther Gordillo y las del segundo con Carlos Salinas de Gortari no se olvidan con el paso del tiempo. La memoria pública las tiene siempre presente, a pesar de que quieran borrarlas de la historia oficiosa.