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UN RECUERDO DE FAMILIA EN TORNO A MARÍA LUISA “LA CHINA” MENDOZA Y SU IMPORTANTE LEGADO A LAS LETRAS MEXICANAS

En la churrasquería brasileña La Grange, del Toreo, ubicada al norte de la Ciudad de México, María Luisa La China Mendoza, la brillante periodista y literata guanajuatense vio pasar frente a sus ojos la gama de jugosos cortes de carne, de entre los cuales eligió uno, acompañado de piña con canela.

Ese día, el pasado jueves 17 de mayo, la hermana mayor del clan Mendoza-Romero festejaba encantada su 91 aniversario. Con ella, varios integrantes de su familia, encabezada por su sobrina Martha Viviana Mendoza Palacios, la mayor de las dos hijas de su hermano Francisco Javier, fallecido en 2013. La menor es María Luisa. Cinco años antes había muerto Manuel, padre de Jésica y Gloria Iliana Mendoza Moheno.

Hoy, la única sobreviviente de los cuatro hermanos es María Teresa -quien al igual que María Luisa no tuvo hijos-, y por muchísimos años laboró como funcionaria administrativa de la Suprema Corte, bajo la dirección del exmagistrado Noé Castañón León, actual representante del gobierno de Chiapas en la Ciudad de México.

A la muerte de su padre -quien luego de jubilarse en el sector público, fue convocado por su talentosa hermana, para hacerse cargo de la parte administrativa y atender sus asuntos personales-, Viviana, egresada de la carrera de administración de empresas en la UNAM y madre de un chico adolescente, pasó a convertirse en la mano derecha y devota asistente de su tía.

“Ella siempre fue de muy buen comer; adoraba la carne, pero al paso del tiempo comenzó a pedirla en cortes delgados y suaves. Por ello era muy feliz al deleitarse, sobre todo, con los platos de ese restaurante brasileño”, comenta.

El comunicólogo Clemente Sánchez, esposo de Viviana y sobrino político de La China interviene para señalar que “la muerte de mi suegro Francisco Javier fue un golpe muy fuerte para ella; quería mucho a todos sus hermanos, pero a él lo adoraba. Y se quedó un poco atemorizada por no saber quién la iba a ayudar. Sin embargo, se tranquilizó cuando mi esposa Viviana asumió esas funciones.

“Le dijo: no te preocupes; yo voy a estar contigo y a hacer lo que hacía mi papá. Precisamente la acompañaba en algunos viajes y le ayudaba también en sus labores administrativas y periodísticas, como por ejemplo la transcripción y el envío puntual de su columna Trompo a la uña que el periódico Excélsiorpublicaba los sábados”.

Durante muchísimos años La China Mendoza –a quien sus padres, María Luisa Romero Ceballos y Manuel Mendoza Albarrán llamaron así desde muy pequeña, por los característicos rizos de su cabellera-, fue articulista de ese diario. Precisamente la última colaboración que hizo, la redactó prácticamente desde su cama de hospital. Vengan, vengan, vengan frutos…para mis padres, la tituló. En ella reseña las dolencias que finalmente la hicieron perder la batalla final.

“…Estoy en el Instituto de la salud, de la nutrición, de la alimentación, de la vida; por la ventana veo un mundo de árboles y pienso en La montaña mágica, pero aquí no hay afuera un enorme salón de baile donde los enfermos bailemos con caballeros de corbatita de moño y damas que vuelvan la cara para toser sangre. Nada. Estamos un grupo afortunado de Dios nuestro señor, luchando a trompadas por seguir existiendo.

“Yo me sentía muy mal, casi no comía, casi no dormía, rodeada de dos perros bastante virolos y de mi sobrina Viviana, quien al llegar a mi lado es como si se abriera una ventana y entrara la brisa del mar, así es ella; la veo chiquita, que va y viene con sus piernitas perfectas y ágiles, la veo con sus ojos de toda una estirpe de Mendozas que me ven y casi se están despidiendo de mí, no hay nadie más, una hermana sacrificada por enfermedades varias y el fruto de mi trabajo honrado, bueno y limpio que me enseñaron mi padre y mi madre…

“…Pues sí, como les decía muchachos, estoy en el Instituto de la Nutrición. Me siento el personaje femenino y entrañable de la hermosa mujer de La montaña mágica que ya se va a morir. No, no me voy a morir, hay una mujer que me ama, se llama Carmen Parra, viuda de Gironella, quien me tiene en su mano como la Virgen de Guanajuato, y hay un hombre, el más alto, el más significativo y significante, que me quiere y no se avergüenza de que ahora, si todavía camino, sea en la “O”, por lo redondo de una silla de ruedas; ese superpoderoso santo mío dijo… “Hágase la luz y se hizo”, me tomó de la otra mano y me trajo aquí, a este lugar tibio y amoroso donde he sufrido tanto, tantos dolores, tantas desveladas, tanta oscuridad.

“Esa nube negra de la que yo hablé varias veces en mi columna se hizo real en el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, y en un dos por tres, me quitaron la ropa y me agujerearon todo el cuerpo, ya no lloro porque ya no tengo lágrimas. La Vivi, mi sobrina-hija, me arropa en su purísimo cariño y me habla de los míos, de la casa de Tres Guerras, etcétera…”

Por demás está describir la prolija y extensa trayectoria profesional de María Luisa Mendoza, con quien con el respaldo fraterno de la fotógrafa María García –esposa del Maestro Héctor García-, mantuve una cordial relación telefónica los últimos meses de su vida, proyectando juntos una comida que ya no tuvo lugar en el restaurante El Hipódromo, próximo al Hotel Roosevelt, que ella me dijo llegó a frecuentar, y al que le hubiese gustado volver.

La cita le permitiría ver las fotografías de su segundo matrimonio, en una casona de Tlaxcala, con el cronista y dramaturgo barcelonés naturalizado mexicano, Edmundo Domínguez Aragonés -con quien compartió un departamento ubicado en el octavo piso del edificio Cuauhtémoc en la unidad habitacional Nonoalco en Tlatelolco-, a donde llevó a curar con un bistec el ojo del escritor Gabriel García Márquez, luego del puñetazo que le propinó Mario Vargas Llosa. Su primer matrimonio había sido con el periodista de Excélsior Eduardo Deschamps.

UNA LITERATA Y PERIODISTA QUE NO DESDEÑÓ SU PASO POR LA POLÍTICA

Egresada de la carrera de Letras Modernas en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), la literata -autora entre otros de la antología La O por lo redondo (1971); Trompo a la uña (1989); Tris de sol (1976); María Luisa Mendoza de cuerpo entero (1991); Ojos de papel volando (1985); Crítica de la crítica (1966); Las cosas (1976); Con él, conmigo, con nosotros tres (1971); De ausencia (1974) y El perro de la escribana (1980)-, también realizó estudios de decoración de interiores en la Universidad Femenina de México y escenografía, en la Escuela de Arte Teatral del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).

Su carrera periodística la alternó en los periódicos El Gallo Ilustrado de El DíaEl Zócalo, Fin de Semana, El Sol de México, Cine Mundial, El Universal, Novedades, la Revista Mujeres de Marcelina Galindo y el diario Excélsior. Así también tuvo una participación destacada en el noticiero 24 Horasconducido por Jacobo Zabludowsky y fue multipremiada por su actividad periodística. Entre los diversos merecimientos que obtuvo, destacan los Premios Nacional de Periodismo y Bernal Díaz del Castillo por Crónicas de Chile, 1972, además del Premio Nacional de Periodismo por trayectoria profesional, 1984.

En el terreno político fue electa diputada federal por Guanajuato en la LIII Legislatura del Congreso de la Unión (1985-1988).

La charla con su sobrina Viviana, prosigue:

“Durante varios años mi tía padeció un problema en la rodilla, que le había quedado un poquito mal a partir de una cirugía; ese era siempre su pesar y más grande dolor, hasta que se animó a aceptar la compra de una andadera y una silla de ruedas, hecho que en el fondo le indignaba, y la llevaba a preguntarse: ¿cómo voy a andar yo en eso? porque ella todavía no se resignaba a esa situación.

-Al parecer hay un error generalizado en cuanto a su edad. Su biografía indica que nació en 1930 –le pregunto. Ella sonríe y revela el secreto familiar.

“De hecho, la mayoría consigna su nacimiento en 1930, pero en realidad su acta señala que nació el 17 de mayo de 1927. Todo mundo pensó que había muerto de 88 años, pero no; recientemente acababa de cumplir 91, y la verdad es que ni siquiera vale la pena hacer la fe de erratas, porque en realidad se veía más joven” –aclara. Luego relata un episodio ocurrente.

“En una ocasión, durante una cita médica, cuando preguntaron cuál era su edad, yo la especifiqué sin disimulo y ella casi me lincha con su reclamo. Haciéndose la ofendida, me dijo:

-“Oye qué te pasa; yo no tengo esa edad. Por tu culpa ya me hiciste caer en la cuenta de cuántos años tengo –me recriminó-. A partir de entonces, me la recordaba divertidísima. Y cuando por alguna razón tenía que volver a decir su verdadera fecha de nacimiento, ella sólo volteaba a verme y bromista, como era, preguntaba:

– ¿A ver, qué edad tengo? Diles, diles; anda diles, cabrona. Y yo me moría de risa y les respondía con un guiño: ella tiene 71; es decir, le fijaba casi 20 años menos de los que ella realmente tenía”.

“Realmente disfruté cada momento al lado de La China, porque desde el momento en que yo llegaba y entraba a la casa, ella volteaba y decía: Ya llegó la luz de mi vida. Siempre me llamó hija; y así me presentaba con la gente. Mi mamá decía: bueno, se la presto un ratito”.

Viviana Mendoza se emociona al recordar que todas las mañanas, mientras desayunaba muy relajada en la cama, la escritora –con el auxilio de una lupa-, leía por lo regular dos o tres periódicos, generalmente Excélsior, La Jornada y Milenio. No le gustaba que se los leyeran en voz alta. No me sabe; no es lo mismo leer a que te lean, argumentaba ella.

“Luego, como era una mujer siempre muy pulcra, se metía a bañar y ya fuese que tuviera cita con el médico o una terapia de su pierna, se engalanaba como si fuese a un evento importante. Entre las cosas que ella detestaba, se hallaba la suciedad; odiaba que algo oliera mal; que se viera sucio, pero que alguien le mintiera era lo peor que le podía pasar.

“Cuando volvía a casa -si no tenía que redactar la columna-, se sentaba en la pequeña terraza de su casa de General Cano, en la colonia San Miguel Chapultepec-, a tomar su copita de tequila, acompañada con sus palitos verdes de apio-, papitas o quesitos. Así era mi tía una mujer absolutamente encantadora”, señala Viviana.

También habla del amor de la escritora por sus dos perros. “A uno de ellos le puso el nombre del filósofo alemán Federico Froebel y la otra la señora Clo, por Clotilda, pero igual les cambiaba el nombre. Unas veces ella era Carmen Serdán, y el otro, Pancho Villa.

-¿Además de leer y escribir, cuáles eran sus otras aficiones?

“Por lo regular, escuchar música clásica. Los domingos sintonizaba TV-UNAM para ver su concierto, y nos advertía: No estoy para nadie, así que no me hablen. También le gustaba mucho ir al cine, aunque en los últimos años ya no hacía.

“Sus principales amigas eran Carmen (Ricky) Parra, “mi hermana”, decía ella. Lorenza (sin apellidos). Se veían cada semana, aunque se hablaban diario, y se frecuentaban desde los 15 años; estuvo siempre muy pendiente de mi tía.

“En su casa ella tenía cuadros de Carmen Parra y de Alberto Gironella, al igual que trabajos de Octavio Ocampo, un pintor, escenógrafo y escultor deCelayaGuanajuato, muy conocido por su pintura metamórfica. Básicamente de ellos.

“Tenía problemas de la vista, pero ella aprendió a usar la computadora, aunque dijo que no le gustaba; la odiaba. Decía que no era lo mismo que su máquina antigua, una de teclas duras y ruidosas. Hace unos 6 meses, comenzó a dictarme a la grabadora del teléfono celular, y yo transcribía después sus apuntes”, dice.

-¿Tenía planeado escribir algún nuevo libro?

“Yo siempre le aconsejé que escribiera una biografía actualizada, porque todavía tenía mucho que contar, pero como que no se animó. El último fue De amor y lujo título por el que ganó el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero 2001.

-¿Cómo fueron sus últimos días?

“Ella tenía de compañía permanente a doña Gila, una señora que vivía en la casa y llevaba a su servicio como 20 años. Pero últimamente también se había contratado a una enfermera que estuvo muy pendiente. El lunes 25 -gracias a la intervención del doctor José Narro-, llegamos al Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán, directamente con el director general David Kershenobich, y nos atendieron muy bien. Mi tía iba ya muy agitada y agotada, producto de una anemia muy severa, porque desde hacía algunos días ya no podía comer.

“Así comenzaron toda una serie de estudios y análisis y una colonoscopía. Todos –incluso ella misma-, sabíamos los riesgos que esto podía tener consigo: desde una insuficiencia cardiaca, insuficiencia respiratoria, perforación de colon, en fin.

“Pero me decía: no me quiero morir; quiero vivir, pues tengo muchas cosas que hacer todavía. Yo la animaba y le comentaba: claro, porque tú tienes que vivirnos por lo menos otros 10 años más. ¡Ay, no; tampoco exageres; unos 5 o 6 nada más!”, replicaba esa gran mujer que había entrevistado a Frida Kahlo y a María Félix –y a la que le hubiese gustado hacer lo mismo con Winston Churchill y Los Beatles-, y que por igual adoraba las canciones de Miguel Bosé.

“Finalmente su corazón no resistió los efectos de la anestesia y ello le provocó un paro respiratorio, del cual lograron sacarla con masaje cardiaco. Luego la estabilizaron y la pasaron a terapia intensiva, pero el pronóstico tampoco fue muy halagüeño y ella falleció el viernes 29 a la 1:20 de la madrugada.

-¿Qué pasará con su acervo, con sus posesiones y sus libros más queridos? –le pregunto a Viviana.

“Dejó un testamento escrito y eso lo acordaremos sus 4 sobrinas y su hermana María Teresa. Ella había estipulado que al morir, una parte de sus libros iría a la Universidad de Guanajuato y otra a la biblioteca del museo del escritor René Avilés Favila.

“Las cenizas de La China –una persona muy fuerte, amante de la vida y muy optimista, que desbordaba amor-, serán depositadas en Guanajuato, en el Faro que construyó mi abuelo a las orillas de la ciudad cuando fue presidente municipal” –refiere Viviana con actitud serena, consciente del vacío que su inolvidable tía deja en el mundo de las letras y el periodismo mexicano.

 “Oigan muchachos, yo no me quiero morir, échenle, por el amor de Dios, una oracioncita al Creador. Déjenlo ser Dios, él sabe. Espero salir de aquí para votar. Así como lo oyen, sigo siendo periodista, sigo siendo mujer, sigo siendo mexicana que quiere para su patria un país mejor, quiero que mi candidato, el mejor, el mío, pero capaz de que si digo el nombre vienen corriendo las hordas salvajes de la pureza y me quiten la poca vida que me queda… quiero que mi candidato de tantos años, de ese partido que me dio el gajo de mandarina de la diputación federal en mi tierra, la parte perfecta de mi existencia, sea presidente de la República.

“Yo estoy preparada, confesada y comulgada; el padre Francisco lo sabe, me quiero ir al cielo, pero antes saben qué, muchachos, quiero votar”, escribió en su última colaboración para Excélsior.

Ya no pudo hacerlo. El próximo domingo La China cumplirá exactamente un mes de haber llegado al cielo. Sin duda, allá arriba, saben que una mujer como ella se lo había ganado a pulso.

GRANOS DE CAFÉ

… El Colegio de México y La Biblioteca Daniel Cosío Villegas presentan, hasta el próximo lunes, la exposición Los rostros de las letras del connotado escultor Sergio Peraza Ávila. Se trata de una selección hecha con los personajes más relevantes que había en mi archivo -asegura el artista plástico, quien considera que “las obras presentadas son producto de 20 años de trabajo e incluye una cuidada selección de bustos de personajes de las letras, que han sido fundamentales para crecer como nación, considerando que el arte como expresión es indispensable para enriquecer el espíritu”…Envíe sus comentarios al correo gentesur@hotmail.com

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