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Monimbó: El fin de Somoza y Ortega

Quién iba a pensar que, 40 años después, Daniel Ortega Saavedra, daría la misma orden que apresuró la caída del dictador Anastasio Somoza Debayle: atacar sin piedad a Monimbó, Masaya, en un prepotente intento por conservar el poder? Las condiciones de 1979 con las actuales, no son para nada distintas. Los crímenes cometidos por Anastasio Somoza García y sus hijos Luis y Anastasio, son los mismos que hoy se cometen en toda Nicaragua, bajo semejante falso argumento somocista: “salvar al país”.

Oculto —durante todo el periodo de guerra civil— bajo la fama del renombrado Edén Pastora (“Comandante Cero”), y otros destacados líderes del FSLN, Daniel Ortega apareció en los escenarios nicaragüenses, hasta el 19 de julio (dos días después de la huida de Somoza Debayle), durante la celebración de la victoria sandinista.

Casi un año antes del ascenso de Ortega como presidente de Nicaragua, “Tachito” —como era conocido el difunto dictador, títere de la CIA estadounidense—, ordenó atacar Masaya, León, Peñas Blancas, Rivas, Granada, Estelí… Centró sus ataques en Monimbó, unos kilómetros al sur de Managua, considerado bastión de la guerrilla que para entonces, tenía el control de casi todo el país.

Ocurrió en agosto de 1978, once meses antes del desenlace final que encumbró a un tímido “comandante” Ortega, en el liderazgo de un país desgarrado por la violencia y la pobreza extrema; la historia hoy está de cabeza. Quien entonces fue una de las miles de víctimas de la brutal represión somocista, ordenó a inicios de ésta semana, una ofensiva igualmente salvaje, contra pobladores inocentes de Monimbó, su otrora trinchera… Si es que alguna vez, Daniel Ortega combatió a la dictadura militar.

¡Vaya coincidencias! Mañana 19 de julio, debía celebrarse el “Día de la Felicidad”, en honor a la victoria de la guerrilla sobre un ejército bien entrenado por los “Boinas Verdes” del ejército estadounidense, financiado por el Pentágono a instancias de Reagan y dirigido por la Central de Inteligencia norteamericana. Pero el país está en resistencia contra la dictadura, como hace 39 años y no tiene tiempo, ni ánimo, para conmemorar un día que los Ortega han borrado a fuerza de corrupción y saqueos desmedidos.

En 1988, durante el primer periodo de once años en el poder, Ortega debió someterse a las exigencias de la OEA, para evitar ser derrocado; las mismas causas que ahora tienen a miles de nicaragüenses en abierta confrontación contra su mandato y la persistencia de la “Contra”, obligaron al dictador a firmar los acuerdos de Sapoá, en presencia de Joao Baena Soares.

Como entonces, el mandatario nica, no cuenta ahora con el apoyo de Rusia, ni de la empobrecida Cuba; desparpajos discursivos de Nicolás Maduro, débiles guiños de ojos de Evo Morales, es todo su respaldo moral, financiero y militar, frente a un pueblo enardecido, enfadado y cansado de abusos y excesos, que mantienen en las mismas condiciones de miseria y pobreza a los ciudadanos, quizá, hasta mucho peor que en los años de la dictadura somocista.

En dos periodos, Ortega ha acumulado 22 años de poder. Un poco más de la mitad de lo que gobernaron los Somoza; el país no ha avanzado desde entonces. La gente no tiene ningún provecho del gobierno populista, izquierdista, socialista, marxista, leninista y otros adornos ideológicos, que solo han servido para demostrar que la izquierda en sí, es tan mala como la derecha conservadora o la ultraderecha fundamentalista.

Y es que el dictador, como el resto de dictadores de izquierda en el mundo, quiso darle un toque monárquico a su mandato; concentró en su familia, todo el poder público posible. A su mujer, Rosario Murillo, le ha conferido cargos para los cuales, ser esposas suya, era suficiente para obtenerlos.

A miles de nicaragüenses, Murillo les ha hecho recordar a Imelda Marcos —la excéntrica esposa del también dictador filipino, Ferdinand Marcos—, que fue clave para la caída del anciano opresor. De hecho, el gobierno de Nicaragua, ha pasado a ser un gobierno autocrático, con petulancias monárquicas, lo cual ha encolerizado, con justa razón, a los ciudadanos.

Daniel y Rosario (que de poetisa tiene más fracasos que versos), deben renunciar, tanto al poder, como a su pretensión de acrecentar los ríos de sangre en Nicaragua. Dos sátrapas dictadores que viven como reyes mientras el pueblo muere de hambre, deben irse por sí mismos, si acaso tuvieren la pizca de sentido común que hace 39 años, tuvieron Tachito y su familia.

No tienen ninguna opción; no hay alternativa. No existe otro camino, que la renuncia inmediata. Si habrá de festejarse mañana el triunfo de la revolución sandinista, que sea la cereza del pastel, su abandono del poder. Es lo menos que están obligados a hacer. ¡Dios libre a México!

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