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Yajalón, sin rumbo y sin futuro

El pasado sábado 8 de julio, en Yajalón, mi primo hermano Abelardo Gómez Arévalo me preguntó que había hecho con el zaracof que heredé del abuelo Francisco Arévalo Valdiviezo. Mi primo Abelardo vive en la finca El Triunfo, que heredó de su padre, Miguel Angel Gómez Plouvier, descendiente de un guardia de honor de la Emperatriz Carlota de Habsburgo. Es una ex hacienda cafetalera fundada por una firma alemana. Mi primo conserva aún parte de esa finca, ahora más dedicada a la ganadería. Solo dos héctareas cultivadas de café quedan de aquélla famosa finca alemana enclavada en las altas montañas del municipio de Tumbalá. “Hace décadas hay escacez de mano de obra”, narra mi primo Lalo, quien por esa razón y la crisis internacional del aromático, abandonó los cafetales y se enfocó más a la ganadería. Ahora, me dice, ha comenzado a romper los patios encementados donde se asoleaba el café para producir hortalizas.

No conocía la historia del tío abuelo Benjamín Arévalo Valdiviezo. Mi primo Abelardo me lo contó. Él es el primero de los nietos del abuelo Pancho, hijo de la tía Estelita Arévalo, la mayor de las hijas de su primer matrimonio. Entonces supe que el tío abuelo Benjamín fue un gran cogelón. Al tío abuelo Benjamín le debemos la raiz Arévalo en comunidades indígenas, y al tio Noé, hermano de mi madre, la propagación del apellido en las zonas urbanas. Era agente viajero, de esos que iban de puerta en puerta con su catálogo de telas. Casimires, terlencas, popelinas, algodón y lino. Cuando el tío Noé llegaba a Yajalón, era común que yo y mi hermano menor Julio César López Arévalo lo acompañáramos en sus recorridos para cargarle el portafolios o las telas que debía entregar. Con el primo Abelardo recordamos que mi abuelo paterno, don Jesús López Pérez, procedente del barrio de La Merced, en San Cristóbal de Las Casas, llegó a la finca El Triunfo contratado como maestro albañil por los alemanes. Lo reclutaron en su natal San Cristóbal. Años más tarde, mi abuelo se asentó en Yajalón, donde construyó el Hotel López. Graham Green lo inmortaliza en su crónica de viaje de Salto de Agua a San Cristóbal de Las Casas. ‘Caminos sin ley’, le llamó Green, quien quedó atrapado en Yajalón durante siete días de lluvias continuas. Entonces se hospedaba en el Hotel López y mi abuelo le  alquiló su recua de mulas para sacarlo de Yajalón hasta Las Casas. Mi abuelo paterno era propietario del Hotel López y poseía una recua de mulas que hacia los viajes con carga de Yajalón a San Cristóbal o Salto de Agua, si debía recibir la carga por ferrocarril.

El zaracof que heredé del abuerlo Pancho, recordé haberlo usado por última vez para protegerme de las cenizas que esparció la erupción del volcán Chichonal. Eso fue en 1982. Mi cuñado Gregorio Utrilla Trujillo retosaba en la hamaca mientras mi primo Abelardo y yo pláticabamos del pasado. Mi hermana Mayra Lidia Concepción y mi sobrina Vicky Pimentel Utrilla sofocaban las brazas donde ya se me estaban quemando la longaniza, el chorizo y el filete de res que había colocado al calor del carbón, que crepitaba. “¡Échenle agua…!”, decía mi sobrina Vicky Pimentel, mientras pasaba a la acción, desplazándome del asador.

En eso mi cuñado recostado en la hamaca entreabrió los ojos y me recordó el caballo ‘El colorado’, de raza arabe, que heredé de mi abuelo paterno, Jesús López Pérez.

Fui un niño afortunado al recibir de herencia los objetos más preciados por ambos abuelos… Por eso, cuando retorno a Yajalón recuerdo que la casa que habito la edifiqué, también, en lo que fue parte del ranchito San Juan Agua Fría, que mi abuelo heredó a mi padre Antonio López Trujillo y que yo heredé en tercera generacion. Por eso ahora cuando visito mi pueblo no puedo dejar de evocar a mis ancestros, y mi infancia, cuando ibamos al cafetal a recoger los ganos de café que los cortadores indígenas dejaban tirados a su paso, y cuando recibíamos y contabamos las latas del grano rojo que los indígenas había obtenido durante el jornal. También recordé que de niño asumiamos nosotros la labor del despulpado y el secado. Era trabajo, pero parecía un juego, sobre todo cuando entrabamos descalzos a los tanques de fermentado para quitar el músilago y luego levantar la compuerta que sacaba por un lado la pulpa y por el otro el café pergamino para los patios de secado…

Yajalón es tierra sagrada, y ahora vive la peor crisis de su historia: el café ha dejado de ser el motor que movía toda la economía de esa región, y lo más grave es que no se ha sabido suplir ese ingreso.

Eso sí, la sociedad ha evolucionado, ahora hay muchísimos jóvenes con profesión, pero todos se dedican al comercio o a la construcción de obra pública. El narcotráfico parece haber echado raíz en mi pueblo, y el alcoholismo y la drogadicción corroe a la sociedad. Y de aquél pueblito de ensueño, al que en mi vejez quisiera retornar, parece hoy sin rumbo y sin futuro./Fredy López Arévalo, revista Jovel.Sclc

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